Sonidos y musicoterapia 47 min agoAñadir a favoritos

Sus grabaciones de ashram, durante mucho tiempo confidenciales, pronto saldrán a la luz: una invitación a escuchar la música como un espacio de devoción, suavemente, sin esperar otra cosa que su presencia.
Hay musicistas a las que escuchamos con distracción, de fondo, entre dos tareas. Y está Alice Coltrane (1937-2007), cuya música exige que nos detengamos. Pianista, arpista, organista, primero tocó jazz —junto a su esposo John Coltrane, y luego en su propio nombre tras su muerte en 1967—. Después, a mediados de los años 1970, tomó una decisión poco común: abandonar los escenarios para dedicarse a una vida de devoción en el ashram Sai Anantam, que fundó en California en 1983.
Allí, bajo el nombre de Turiyasangitananda, continuó grabando —pero para la comunidad, no para la industria—. Cintas de audio, durante mucho tiempo confidenciales, de las que una parte resurgió en 2017 (álbum World Spirituality Classics 1: The Ecstatic Music of Alice Coltrane Turiyasangitananda, Luaka Bop) y de las que se anunciarán nuevos volúmenes. Una música que no es del todo jazz ni del todo canto devocional indio: algo entre ambas, paciente, amplio, donde el órgano Wurlitzer, las voces corales y las tampuras trazan una capa de escucha.
Al principio, uno se siente un poco desorientado. La forma no sigue las reglas habituales: no hay estribillos que recuperar, ni crescendos esperados. Las piezas duran a veces diez, quince minutos. Luego algo se instala: la respiración se ralentiza, la atención se posa. Es propio de las músicas llamadas contemplativas —ambient, drones, cantos sagrados— actuar no por la sorpresa, sino por la repetición y el despliegue lento.
Lo notable en Alice Coltrane es que esta lentitud nunca es blanda. Hay fervor, una alegría discreta, un movimiento interior. Se siente que la música va dirigida a alguien —a algo más grande que el músico y el oyente—. Quizá por eso es tan especial: tiene la carga de una plegaria más que la de un concierto.
No hace falta una preparación complicada. Elige un momento tranquilo —temprano por la mañana o por la noche antes de comer—.
Al terminar, tómate un instante antes de levantarte. Anota simplemente lo que sientes en el cuerpo: la respiración, los hombros, la mandíbula. Eso es todo.
Existe una literatura científica sobre la escucha musical atenta y sus efectos en la relajación: disminución medible de la frecuencia cardíaca, sensación subjetiva de relajación, mejor calidad de atención. Pero seamos prudentes: son efectos de bienestar, no tratamientos. La música devocional, ya venga de los ashrams indios, de los monasterios cristianos o de ceremonias japonesas, no es una terapia. Es un espacio —aquel que abrimos en nosotros cuando nos permitimos escuchar—.
Alice Coltrane lo decía a su manera: tocaba «para Dios», es decir, para algo que la trascendía. Se puede escuchar sin compartir su fe y, aún así, saborear esa cualidad de atención que propone.
Como complemento, no como sustituto —consulte a un profesional de la salud ante cualquier cuestión relacionada con ansiedad, sueño o estado de ánimo.
Artículo producido por inteligencia artificial, revisado bajo control editorial humano.
Univers sonore — écoute, vibration, rituels